Hacía ya tiempo, amor, que no poblabas mis sueños. Hacía ya tiempo que el recuerdo de tu risa no me acariciaba por las noches, que no me despertaba con el rastro de tus labios en mi piel… hacía ya tiempo que no lloraba por ti.
Pero ayer te vi. De lejos. Sin querer. Sin querer. Vestías la ropa que compramos juntos aquella tarde en la que no paramos de reír, ¿recuerdas? Aquella tarde en la que nos comimos a besos mientras nos comíamos Madrid, aquella tarde en la que el mismo sol se mostró reacio a desaparecer, aquella tarde en la que, con una sonrisa, te di mi corazón envuelto en el papel de plata de mi Alegría. Ese mismo corazón que me devolviste entre lágrimas cuatro años después, viejo, sucio, gastado y roto, envuelto en el trapo negro de mi Tristeza. Ese corazón cuyos trozos aún no he terminado de pegar, ese corazón que me hace llorar cada vez que lo miro. Ese corazón… ¿lo recuerdas? Ese.
Andabas como siempre, flotando suavemente entre la gente que se arrastra al caminar. Con el pelo retando al viento, la mirada fija hacia delante, la sonrisa presta y la risa alegre. Y con sonrisa cínica pensé en mi propia risa, muerta y enterrada hace ya tiempo en la tumba que cavé para tus recuerdos. Recuerdos que no me atreví a sepultar, recuerdos que siempre me acompañarán, porque aunque me pese has llenado mi alma de blancas cicatrices que nunca conseguiré borrar. Que nunca desaparecerán, que nunca…
Pero volviendo a ti… llevabas esa camisa verde esmeralda que desabroché mil veces, esa camisa que guarda los restos mudos de mil suspiros entretejidos con las mil noches que pasamos juntos. Esa camisa que tantos domingos me saludó con un guiño desde el suelo de tu cuarto al despertar. Esa camisa que, de alguna manera, para mi representaba el ser feliz. ¿Recuerdas como nos envolvíamos en ella entre risas y caricias? ¿Entre mordiscos y besos? ¿Recuerdas…?
Y tan rápido como apareciste… te perdí entre la gente. Y aunque me moría por seguirte, por volver a hablar contigo, por volver a provocar esa risa, por volver a oler tu perfume… por volver a besarte y volver a morder ese labio con la fuerza de seis meses de Añoranza… no me moví. Me quedé quieto viéndote alejarte, viendo como el verde de mi Felicidad se diluía con el gris de la sociedad. Viendo como el arcoíris que por un momento había invadido mi alma se difuminaba en la Oscuridad de siempre.
Me volví, levanté la vista al cielo con la inútil intención de impedir el llanto, cerré los ojos, ahogué un jadeo… y volví a sentir lo mismo que aquella tarde, volví a escuchar cómo se me desgarraba el pecho, volví a sentir cómo mi interior se llenaba de tinieblas, como ya nada importaba salvo el Dolor, como todas mis esperanzas se convertían en polvo y se esparcían con el viento. Porque tú eras mi gran sueño, y me hiciste despertar a golpes.