viernes, 28 de noviembre de 2008
Hace ya tiempo...
Pero cuando el paso del inexorable transcurrir del Universo, inevitable e ineludible, hace que fechas ya pasadas vuelvan al presente, se me hace imposible no recordarte. Se me hace imposible saber que nunca volveré a escuchar tu voz. Se me hace imposible saber que nunca volveré a hacerte reir. A hacerte llorar. A hacerte cerrar los ojos y dejarte llevar.
Pero es así. Nuestros caminos se separaron, porque contra lo que mucha gente piensa y como decía la canción: uno más uno no son dos, uno más uno es lo que es. Era uno más uno lo que éramos, y lo que somos... y lo que seremos. Uno más uno... que por un tiempo andan juntos de la mano hasta que, con una sonrisa y entre lágrimas, se dicen adios y buena suerte. Solo que yo jamás te dije adios, yo me di la vuelta y cerré los ojos mientras arrancabas. Cerré los ojos mientras la Ansiedad y el Miedo me atenazaban por dentro. Cerré los ojos y las lágrimas los sellaron de tal forma que tardé mucho tiempo en abrirlos. Mucho... Tanto...
Esta mañana, mientras el frío me congelaba hasta el hueso, recordé de golpe ese consquilleo que sentía al meterme en tu cama por las noches cuando llegaba de trabajar y tu estabas ya dormida. Ese cosquilleo que me recorría de arriba abajo cuando sentía tu calor y me acurrucaba entre tu pelo. Ese cosquilleo que ahora a veces también siento, pero que aún siendo el mismo no se siente igual. Porque fue contigo con quien lo descubrí. Fue contigo con quien lo descubrí todo. Lo viví todo. Y lo sufrí todo. Fue contigo con quien atravesé las praderas llenas de flores con el color de la alegría y la confianza, los desiertos cubiertos del polvo de la rutina y los océanos repletos de tempestades con el olor del engaño y la mentira. Lo vivimos todo... y me dejaste sin nada. Gracias, con toda la sinceridad y con toda la ironía del mundo. Gracias.
¿Sabes que, en poquito más de una semana, hará cinco años que nos conocimos? ¿Recuerdas esa noche? ¿La recuerdas? 6 de diciembre. 6 de diciembre de 2003. Yo si que la recuerdo. Cada hora. Cada minuto. Cada segundo que pasamos juntos. Cada sensación. Cada olor. Cada sabor... cada. Recuerdo casi cada frase que nos dijimos, y las que no dijimos.
Pero lo que recuerdo con más fuerza, lo que recuerdo con tanta intensidad que a veces me deja sin aire, sin fuerzas... es aquel primer beso. Aquel momento de duda justo antes, aquellos segundos de pausa milímetros antes de que nuestros labios se tocasen... y al final tu sabor... tu olor... tu calor... al final tu. Tu. Pero hace tiempo ya que no estás.
Y aunque alrededor de tu voz hay mil recuerdos, aquí no me caben todos. Y por otro lado, tampoco quiero que que me quepan. Son solo nuestros, aunque ya no los quieras. Nuestros... aunque ya no seamos nada. Nuestros... por y para siempre. Nuestros. Nosotros. Tu y yo. Uno más uno.
Y bueno... hace ya tiempo que, gracias al ese maravilloso sol que ahora me alumbra, no necesito escribir para soportar la soledad. Hace ya tiempo que no me despierto llorando. Hace ya tiempo que mi alma está en calma. Que dejé de reprocharte cosas. Que dejé de echarme la culpa. Hace ya tiempo que... que... que una sonrisa triste y melancólica sustituyó al llanto al recordarte. Hace ya tiempo.
miércoles, 16 de abril de 2008
Y verte sonreir...
Hacía ya tiempo, amor, que no poblabas mis sueños. Hacía ya tiempo que el recuerdo de tu risa no me acariciaba por las noches, que no me despertaba con el rastro de tus labios en mi piel… hacía ya tiempo que no lloraba por ti.
Pero ayer te vi. De lejos. Sin querer. Sin querer. Vestías la ropa que compramos juntos aquella tarde en la que no paramos de reír, ¿recuerdas? Aquella tarde en la que nos comimos a besos mientras nos comíamos Madrid, aquella tarde en la que el mismo sol se mostró reacio a desaparecer, aquella tarde en la que, con una sonrisa, te di mi corazón envuelto en el papel de plata de mi Alegría. Ese mismo corazón que me devolviste entre lágrimas cuatro años después, viejo, sucio, gastado y roto, envuelto en el trapo negro de mi Tristeza. Ese corazón cuyos trozos aún no he terminado de pegar, ese corazón que me hace llorar cada vez que lo miro. Ese corazón… ¿lo recuerdas? Ese.
Andabas como siempre, flotando suavemente entre la gente que se arrastra al caminar. Con el pelo retando al viento, la mirada fija hacia delante, la sonrisa presta y la risa alegre. Y con sonrisa cínica pensé en mi propia risa, muerta y enterrada hace ya tiempo en la tumba que cavé para tus recuerdos. Recuerdos que no me atreví a sepultar, recuerdos que siempre me acompañarán, porque aunque me pese has llenado mi alma de blancas cicatrices que nunca conseguiré borrar. Que nunca desaparecerán, que nunca…
Pero volviendo a ti… llevabas esa camisa verde esmeralda que desabroché mil veces, esa camisa que guarda los restos mudos de mil suspiros entretejidos con las mil noches que pasamos juntos. Esa camisa que tantos domingos me saludó con un guiño desde el suelo de tu cuarto al despertar. Esa camisa que, de alguna manera, para mi representaba el ser feliz. ¿Recuerdas como nos envolvíamos en ella entre risas y caricias? ¿Entre mordiscos y besos? ¿Recuerdas…?
Y tan rápido como apareciste… te perdí entre la gente. Y aunque me moría por seguirte, por volver a hablar contigo, por volver a provocar esa risa, por volver a oler tu perfume… por volver a besarte y volver a morder ese labio con la fuerza de seis meses de Añoranza… no me moví. Me quedé quieto viéndote alejarte, viendo como el verde de mi Felicidad se diluía con el gris de la sociedad. Viendo como el arcoíris que por un momento había invadido mi alma se difuminaba en la Oscuridad de siempre.
Me volví, levanté la vista al cielo con la inútil intención de impedir el llanto, cerré los ojos, ahogué un jadeo… y volví a sentir lo mismo que aquella tarde, volví a escuchar cómo se me desgarraba el pecho, volví a sentir cómo mi interior se llenaba de tinieblas, como ya nada importaba salvo el Dolor, como todas mis esperanzas se convertían en polvo y se esparcían con el viento. Porque tú eras mi gran sueño, y me hiciste despertar a golpes.