domingo, 23 de diciembre de 2007

Feliz Navidad...


Ayer, amor, me acordé de ti. Como cada día, cada hora, cada minuto. Como siempre. Levanté la vista hacia las estrellas eperando verte y recibí una gota de agua en el ojo como premio. Aspiré el aire frío de la noche esperando oler tu perfume y solo capté el aroma del resto de la masa, insulsa y decadente. Escuché atentamente con la esperanza de oir tu risa por encima del sonido de la multitud, pero solo advertí el agonizante grito de socorro de la Sociedad, inaudible para tantos otros.
Y grité en silencio al cielo despreciando la Navidad, despreciando ese sentimiento falso de Paz y Amor en el que todos parecen sumirse estos días mientras intentan olvidar la Negrura, la Crueldad y el Cinismo que colma sus corazones durante el resto del año.
Desprecié cada una de esas almas que salían de las tiendas cargadas de regalos, cargadas de Ilusión pagada con el dinero sucio obtenido de la opresión al Tercer Mundo, cargadas de muñecas que repiten la misma frase cien veces y se cagan y mean encima para disfrute de niñas repipis y repelentes sentadas al calor de la calefacción en cómodas casas de 600.000 euros.
Odié a cada una de las multinacionales que nos proveen de sus obvia y absolutamente necesarios productos a cambio de ese dinero que nos pesa y nos molesta al caminar. A cambio de ese dinero que no significa nada salvo nuestro trabajo y sudor, nada salvo nuestra dignidad, perdida hace ya tiempo en la cola de cualquier Caja Madrid.
Y ya en la insulsa cama de mi insulso piso de 600.000 euros, me dormí pensando que hace ya tiempo que la Navidad dejó de estar representada por Tres Magos de Oriente. Hace ya tiempo que fueron sustituidos por un gordo abrigo rojo relleno de grasa de hamburguesa servida por un absurdo payaso angloparlante. Hace ya tiempo que el incienso y la mirra fueron sustituidos por el acre olor de la pólvora. Hace ya tiempo que el mundo se vuelve loco delante de mis ojos. Hace ya tiempo... hace ya... hace...

Y mientras dormía mi ventana se abrió. El viento del norte agitó las cortinas y me hizo tiritar. La luz de la luna cayó sobre mis ojos cerrados, haciendo que mis sueños se iluminasen con un resplandor mortecino y fantasmal que perturbó mi alma.
De repente desperté sobresaltado. Al abrir los ojos vi a mi vera, de pie, al Fantasma de Navidades Pasadas tal y como lo recordaba del cuento de Dickens, que tantas veces disfruté en mi infancia. Una imagen cambiante, anciana y niño, niño y anciana.
A través del Tiempo me llevó a mi propia infancia, hacia un mundo que creía olvidado, cuando nada importaba salvo reir. Cuando mi corazón aún no te conocía, cuando aún no era de piedra, cuando aún no se apreciaban mis torpes intentos por volver a unir sus pedazos. Me vi crecer entre risas en un parque que hoy ya ni siquiera existe, en la arena debajo de un centro comercial se guardan los recuerdos de nuestras chillonas voces infantiles. Me vi a mi mismo anegado en lágrimas al despedirme de amigos a los que ya nunca volvería a ver, pero a los cuales aún recuerdo, porque sus rostros están grabados a fuego en mis sueños, asociados con columpios amarillos y ruedas de tractor. Y al subirme a ese coche blanco y mirar por la ventanilla al balcón cerrado de una casa que siempre siempre añoraré, firmé en silencio el contrato por el cual decía adiós a mi infancia. Porque a partir de ese momento, o al menos así lo recuerdo con ese vago aire de importancia que los niños de 10 años dan a los cambios, ya nada volvió a tener el mágico polvo de la despreocupación.

Súbitamente, la viejaniño desapareció para dar paso al Fantasma del Presente, un gigante sospechosamente parecido al único profesor de instituto al cual recuerdo con cariño... de hecho, el único al cual merece la pena recordar. Y, con su brazo alrededor de mis hombros dándome fuerza, volví a ver el momento en el que te conocí. Volví a verte sonreir de verdad otra vez. Volví a verme con esa ilusión que ya nunca recuperaré. Volví a ver en mis ojos el adorable brillo de la Esperanza, de la Confianza, de la Pasión y el Deseo... todos mezclados en un milímetro cuadrado de pupila, en ese puntito brillante que siempre sale en las fotos... y que ahora ya perdí para siempre, desenfocado en la bruma del Dolor y absorbido por la Oscuridad.
Con inmenso Pesar y Tristeza reviví el momento en el que me decías adiós, el momento en el que cerraste la puerta del coche y me dejaste solo en la fría noche de un domingo cualquiera, con la guitarra al hombro y de pie en la puerta de mi casa. Volví a sentir como contenía el torrente de lágrimas que amenaba con anegar mis ojos...
Y rápidamente pasaron ante mis mirada los meses posteriores, rápidos por la falta de contenido, porque mi vida ahora está vacía, terroríficamente vacía. Estoy buscando algo que ya no tengo, tu calor, tu voz, tu risa, tus ojos, tus labios, tu besos, tus manos, tus caricias, tu respiración, tu sabor... te estoy buscando a ti. Pero ya no puedo encontrarte, ya no quiero encontrarte. Porque lo que quise nunca lo tuve... y no se puede perder lo que nunca se ha tenido. Y ahí me dejó mi Fantasma, con la cabeza gacha mirando al suelo sin ver nada más que mi propia decadencia.

Faltaba el último. Faltaba la Muerte, con su capucha negra, sus ojos brillantes, su guadaña del color de las estrellas y su cruel y mordaz ironía. Esperé. Esperé a que apareciese a mi vera y me enseñase mi destino, esperé a verme a mi mismo reducido a un amasijo de frustraciones y deseos incumplidos, reducido a la esclavitud de una vida que sería una sádica parodia de lo que prometía ser. Y esperé en vano. La Muerte no apareció.
Miré a mi alrededor. Las estrellas brillaban en el cielo, como siempre. El viento agitaba las ramas de los árboles con el murmullo arrullador de la noche, como siempre. Algunos coches desorientados pasaban lentos a mi espalda, buscando una calle que no estaba allí, como siempre. Y por fin estallé. Después de tres meses fui capaz de llorar. Allí solo, medio desnudo y de noche, di rienda suelta a los sentimientos que durante tanto tiempo habían llenado mi corazón de Desesperanza y Ansiedad. Las lágrimas por fin bajaron por mis mejillas y llenaron mi boca de ese sabor salado que asociamos con la Tristeza. Y por fin me sentí libre, por fin me sentí yo. Y con timidez volví a esbozar una sonrisa... era una vaga sombra de la del niño que una vez fui, pero quizá con el tiempo...
Cuando llegué al portal y vi la calle reflejada en el cristal, creí ver por un momento una figura encapuchada que desde lejos me sonreía en la Oscuridad. Aún no, viejo amigo, aún no...

AÚN NO.

1 comentario:

Unknown dijo...

dios, sin palabras y esta vez de verdad... iamgino que esto es como pasar pagina, segur irando palante con ganas de descubrir lo que guarda para ti el tiempo... me encanta, me he emocionado, precioso... Un besazo grande grande y mis mejores para ti en el 2008 y en el 9 y en el 10... :)
y que nos tomemos un café.