miércoles, 13 de junio de 2007

Soñando...


Ayer de nuevo volví a soñar. Se está convirtiendo en una rutina, estar a tu lado de noche y soñar contigo después. Escuchar tu risa e imaginármela luego, intentando recordar cada matiz, cada armónico fundamental. Y cada vez que vuelves a reir, me doy cuenta de lo lejos que está mi memoria de ser perfecta, y me alegro por ello, porque así puedo sentir cada día el golpe con la misma fuerza, sin acostumbrarme en absoluto.

Y los sueños son siempre distintos. En lugares distintos. Pero hay algunas cosas en común en ellos. Escondida en el blanco y negro hay una sensación de nostalgia, como si en vez de un sueño fuese el recuerdo de lo que aún no ha ocurrido, como si en vez de mi imaginación adormecida y delirante fuese la visión de un futuro en el que algo salió mal. Porque en mis sueños nadie sonríe, nadie habla. Simplemente todos miran hacia delante mientras caminan. Todos excepto tu, que por un instante me miras al pasar con los ojos tristes y cansados del que ha dado todo por perdido, del que ya no tiene fuerzas para luchar por algo que ni siquiera ha empezado, para luchar por algo que nunca empezará. Porque por mucho que yo quiera no nacerá nada. Porque ni siquiera se lo que quiero, y tampoco tengo ganas de ponerme a pensarlo. Porque me he acostumbrado a la Oscuridad en mi interior. Porque lo único que hará la Luz será evidenciar las heridas no cicatrizadas, las heridas aún abiertas y sangrantes por las que mi alma se escapa día a día, volando al encuentro de otra alma al menos tan oscura y traicionera como ella.

Pero hay algo más. Algo que por muchas palabras que use para describirlo es imposible entender. Porque no se puede explicar el ardor en el pecho, la falta de aire, el cosquilleo en el estómago, el frío que recorre la columna cuando las patitas de mil hormigas de hielo pisan sobre tu piel camino de la nuca. No se puede explicar la fuerza que quema mi sangre cuando, por ese breve instante en el que nuestras miradas se cruzan, el blanco y negro del sueño queda reducido al absurdo por el peso del azul de tus ojos.

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